Parece que en el mundo del cómic pasa un poco esto. De hecho, se producen debates que a veces me resultan del todo marcianos. Por ejemplo sobre quién es profesional y quién no, o sobre el intrusismo laboral (¿?). Al contrario que en otras artes, para el dibujante de cómic, la aspiración de convertirse en “profesional” (en el sentido más reduccionista del término) debe ser obligatoria. De lo contrario uno es un esquirol. Y se distingue la pureza de sangre de la herejía por cómo cada cual paga sus facturas y no, como a muchos nos gustaría, por la calidad del trabajo.
¿Pero de dónde viene esto que, al parecer, no pasa en otras disciplinas artísticas o al menos no pasa en la misma medida? Sin pensar mucho me viene una lista tan larga como mi brazo de escritores que nunca vivieron de escribir –la expresión “poeta profesional” suena hasta ridícula-.
Una de las razones que se me ocurren es que en el cómic no ha habido una verdadera crítica, como en literatura o en la pintura. Y aunque esté cambiando muy poco a poco no hay (casi) estudiosos, filósofos del arte y demás que se hayan dedicado a analizarlo, a publicar artículos en revistas académicas y que hayan establecido un verdadero canon de obras y autores que aparezcan en libros de texto. Por eso la forma más sencilla de distinguir entre el verdadero dibujante y el cantamañanas es la paga (o la falta de…). ¡Qué se le va a hacer! No somos un colectivo demasiado proclive a las abstracciones. Más bien la versión artística del conocido “shut up and calculate”.
Otras razones las daba Fernando Tarancón, editor de Astiberri, en una entrevista:
“Durante el 90% de la historia del cómic en este país, se ha entendido el cómic primero como un oficio, como una profesión, y muy en segundo término (o ni eso) como un arte. Eso ha condicionado muchísimo el debate sobre qué es ser autor de cómic y qué no lo es. En ninguna otra disciplina he oído plantear que, por ejemplo, un novelista no es novelista si no vive exclusivamente de escribir novelas, o que es menos novelista si lo compagina con la docencia, los artículos periodísticos o con ser bedel de un instituto. He leído muy pocas entrevistas con escritores en los que se les pregunte si se puede vivir de esto. Ojalá todos los escritores pudieran vivir de sus novelas, poemas, ensayos o lo que quiera que escriban, pero el principal baremo para juzgarles es la calidad de su obra, independientemente de que viva al 100% de eso o sean rentistas que escriben por entretenerse. En el cómic creo que hay una obsesión porque los ingresos procedan exclusivamente del cómic, y creo que esa obsesión se debe fundamentalmente a esa tradición "profesional" (…).”Pero la cuestión permanece. ¿Es legítimo que alguien publique tebeos sin esperar un pago razonable por su trabajo?
Bilbao 24 Horas, 12 Marzo 2013
Ojo, no hablo de contratos leoninos que se aprovechan del dibujante, que los hay. Ni de empresarios canallas que esperan dibujos gratis a cambio de “visibilidad” o “futuros encargos”, que también los hay. No hablo de hacer cómic de agencia, con plazos de entrega y estricta política editorial, gratis. Ni hablo de encargos diversos en los cuales se nos pide de todo a cambio de nada. Lo que me pregunto es, si es legítimo, como algunos compañeros dudan, realizar proyectos personales, en los que el dibujante es perfectamente consciente de que, por las características del mercado y de la editorial en cuestión, el pago va a ser mínimo. Que, en definitiva, no sale a cuenta aplicando criterios económicos. ¿Hace falta ser masoquista o esquirol? ¿Uno está “devaluando el oficio”? ¿O hay otras explicaciones? Seguiremos con ello en la próxima entrada.
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